Muero con la sola idea de aquel amor que no es mío ni de nadie, sólo de la humanidad entera; aquello que me frustra y me quema en esta fría habitación y en los pálidos cielos de mi pensamiento oigo tu voz y siento cómo, de un momento a otro, queda mi ser inválido, limitado a una vida de insaciable sed, de amargo pesar incurable, con las ideas borrascosas que te cubren y me consumen.